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Mi regreso a la Pediatría no hizo más que devolverme a la realidad. Tras más de un mes en España, ya acostumbrándome a la vida civilizada, mi llegada al Congo me puso los pies en la tierra recordándome que no somos nada. Dos niños se fueron esta primera semana, y dos cruces tuve que pintar para ellos. La primera, el 5 de febrero, fue Marie, una niña ciega a la cual todos teníamos un gran cariño. El mismo día que llegué, Luisina, una voluntaria Argentina, me dijo que Marie preguntaba por mí, que cuándo venía. Aún en el hospital, aquejada por su enfermedad, se levantó a las tres de la mañana porque sabía que mi avión aterrizaba a esa hora. Siempre, con su alegría contagiosa, estaba pensando en los demás, y cuando, nada más llegar, fui a visitarla, me demostró que le daban igual sus problemas, solamente quería verme. Así era Marie. Tres días después, la drepanocitosis que padecía, la llevó al cielo. Esta enfermedad, tan común en África, la había dejado ciega, la hacía sufrir inconmensurablemente, la dejó sin oxígeno en sus últimos momentos, pero nunca le hizo perder su sonrisa, y así, se despidió de este mundo.

Mucho aprendimos todos de ella, y su funeral se llenó de gente, no solo de la Pediatría, sino también de su colegio, quienes vinieron a darle su último adiós, pues era tanto el amor que desprendía esta chica, que a nadie le pasó desapercibida. Desde septiembre, Luisina se había puesto como objetivo que fuera a la escuela especial de braille, pues era realmente inteligente y válida, y de hecho, en pocos meses, ya había alcanzado al resto de sus compañeros, y le iban a subir de nivel ahora en febrero. Juntamos el dinero entre todos y conseguimos que pudiera ser admitida, y así poder transmitir su alegría fuera de la Pediatría.

A los dos días de esta terrible noticia, llegó otra más inesperada. Emmanuel, un pequeño de tan solo 2 años acompañó a Marie en su travesía. Era un niño con una discapacidad que lo había dejado tetrapléjico desde su nacimiento. Como en todos los países más pobres, este tipo de recién nacidos son los más vulnerables pues son los primeros en ser abandonados, la mayoría de veces por incapacidad de la madre de poder mantenerlos. De esta manera, el Padre Hugo los acoge entre sus brazos siempre, sin importar que la discapacidad sea potencialmente mortal. Y tal y como dice, y así está escrito en la habitación donde viven estos bebés discapacitados, “nosotros amamos la diferencia”, pues para él son sus preferidos entre los más de 600 hijos que ya tiene hoy en día. El Padre siempre manifiesta que la Pediatría está abierta a la vida, sin negociar, sin poner excusas, y pase lo que pase él siempre ampara a todos los más frágiles de la sociedad.

 

 

Y además, poco después, la vida nos regaló a Gracia, una niña con macrocefalia, pero con una sonrisa más grande aún, un verdadero amor. Y por si fuera poco, una donación permitió ir a operarla para tratar de salvarle la vida.

 

 

También llegó Benoit al que se le puso el nombre en honor al día en que llegó, San Benito. Es realmente maravillosocómo el Padre Hugo toma a todos los recién llegados y les da un trato preferencial para hacer que se sientan como en casa, ya que, como es natural, llegan asustados y traumados. Él los abraza y se pasan los primeros días junto a él en todo momento; les da juegos, chocolatinas, pero sobre todo cariño y afecto, que tanto necesitan en esas circunstancias. Y poco a poco, con la ayuda de sus nuevos hermanos todos acaban por integrarse en la gran familia que es Mamma Koko.

Quince días han pasado desde que volví a la Pediatría, y el calor, el cansancio y la escasa alimentación, que en España son grandes dificultades, han dejado de ser problemas de nuevo. Aquí se aprende a valorar las cosas que tenemos realmente, y dejamos de preocuparnos de las minucias. Cuando pasas el tiempo con todos estos niños que aprecian cualquier muestra de cariño como si de un premio de la lotería se tratara, se olvida todo lo demás, y se aprende a ser feliz alejado de lo material.

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