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Os voy a hablar de Mamma Koko con las palabras que me ha transmitido el Padre Hugo,  al que consideró como su nieto y probablemente la persona más indicada para hablar sobre ella.

 

 

Laura Perna nació en la provincia de Nápoles, en el sur de Italia en 1919. Allí se enamoró de un joven, pero su historia  se vio truncada por la Segunda Guerra Mundial. Su novio falleció en Egipto. Laura terminó  sus estudios en la Universidad de la Sapienza de Roma y después partió a Siena, donde  vivió gran parte de su vida. Se dedicó a la medicina y nunca se casó. También fue docente en la universidad de la misma ciudad.

Al llegar su jubilación, decidió que sus conocimientos y su experiencia podían seguir  ayudando en en tercer mundo. Por eso vino al Congo donde se hospedó con unas monjas.  Allí supo de un sacerdote chileno, que como ella, era médico, y tenía un dispensario en Kimbondo.  Lo buscó en el seminario, donde él impartía clases. Y le dijo “ Padrecito, ¿ Por qué no hacemos un hospital para los pobres? Al sacerdote le pareció una buena idea, y animó a  Laura a que estudiase medicina tropical en la universidad. Y Mamá Koko, que ya pasaba la tercera edad, se matriculó en la facultad de medicina de Kinshasa.

Juntos empezaron el proyecto de la Pediatría de Kimbondo. Con la ayuda de varias ONG se fueron edificando distintos pabellones: cardiología, consultas externas, etc. Todavía hoy se pueden ver los nombres de los donantes de cada construcción.  Funcionó exclusivamente como hospital hasta el año 1994, cuando comenzó la guerra al este del país y muchos congoleses tuvieron que huir. En este momento tan desolador, gran  cantidad de niños perdieron a sus padres y se alejaron de su tribu, lo que les llevaría al desconocimiento sus raíces. Tantas familias lo perdieron todo. Niños con discapacidades  y sin ellas fueron considerados brujos, portadores de mala suerte y desgracia. Por ello,  Mamma Koko y el Padre Hugo empezaron a responder a las nuevas necesidades de este  pueblo: dar un hogar y una familia a los niños abandonados que aparecían en sus puertas.

 Comenzaron a dedicar parte del espacio, a albergar a estos niños, que se fueron multiplicando por cientos.  La situación era complicada. El Padre me comenta que a veces entraban los militares  y les robaban la comida. También cómo veían caer las bombas en el valle del recinto.

En una ocasión, ante la gran tensión política y el peligro que suponía estar  viviendo en Kimbondo, la embajada de Italia dispuso un helicóptero para trasladar a Mamma Koko a su país de origen. Pero ella miró al Padre y le dijo: “ Yo no te abandono. Me quedo contigo”. Hacía tiempo que había dejado de vivir con las monjas. Prefería  vivir en el Orfanato que poco a poco iba tomando forma. Este se convirtió también en su hogar.  Los últimos ocho años de su vida tuvo demencia. La llevaron a Italia a una residencia, pues  no tenía parientes. Pero allí estaba muy triste. Por ello volvió a su casa con su familia,  donde la cuidaron con el mismo cariño que ella había puesto en los niños. Siempre le acompañaban tres personas que le atendían y se turnaban.

A veces se dice que de lo que se siembra, se recoge, que de lo que se da, se recibe, y  habiendo entregado tanto amor, no le podía esperar un final más dulce. Murió a los 96 años en septiembre de 2015, en la Pediatría, donde  ahora descansa, rodeada de sus seres queridos. Siempre se le recordará por sus obras. Citando el Padre: ” Los hombres pasan pero las obras quedan”. Porque no fue tarde para empezar algo nuevo y grande, porque la tercera edad no supuso un impedimento, porque no le frenaron los límites…

Como bien defiende Viktor Frankl, quien tiene un por qué y un para qué , es capaz de cualquier cómo.” Y  su ” para qué” fue un amor tan incondicional, que no hubo “cómo” que lo apagase.

Mariela Mundele (Voluntaria en el Orfanato)
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